lunes, 19 de mayo de 2008
LAS AVENTURAS DE “PAJARO VERDE”
LAS AVENTURAS DE
“PAJARO
VERDE”
La primera vez que lo vieron en Rocha, corregimiento de Arjona, los lugareños lo trataron como a un Dios.
Orlando Vega Echenique, conocedor de los secretos de los cuerpos de agua que circundan al Canal del Dique, cuenta que corría la década del 50, del siglo pasado, cuando Miguel Ángel Torres Villadiego, más conocido como “Pájaro Verde”, emergió de las aguas de la ciénaga de ese pueblo, caminando sin hundirse, ante las miradas atónitas de dos pescadores, quienes al rato se lo contaron con alegría inusitada y desconcierto, a todo el que hallaron a su paso.
El hombre alto, delgado, de tez morena, con el pelo engominado, de mediana edad, vestido finamente con lino blanco almidonado, lucía impecable y tenía a los rocheros encantados por sus buenas costumbres y su sonrisa de protocolo. Además, pagó el licor de todos los que celebraban el 15 de mayo, día de San Isidro Labrador, en la cantina del pueblo.
“Pájaro Verde” no hablaba, solo bailaba con estilo e invitaba a otros a hacerlo, pero con elegancia. Los observaba, reía y aplaudía. Tomó de un solo sorbo una botella de Tornillo (cuyo nombre verdadero era “Ron Popular”, con más de 43 grados de alcohol), mientras de una bocina salía la voz del gran Antonio Aguilar.
Los pescadores que lo vieron levitar sobre las aguas de la ciénaga contaron que habían sentido unos disparos del otro lado del cuerpo de agua, algo raro en la pacífica población y advertían que un contingente de policías perseguía al “Dios” que bailaba con tanta soltura, garbo, originalidad y finura, que había dejado a todo el mundo embobado.
A los 45 minutos de estar el forastero de ademanes fantásticos robándose las miradas de los hombres de Rocha, quienes alababan su gracia con risotadas y gestos, llegaron tres jeep con policías que entraron inmediatamente a la cantina, localizada cerca del pozo Calicante, cuyas aguas, aseguran aún, tienen poder curativo. Pero antes, “Pájaro Verde” había dicho a sus compañeros de parranda, “si llegan preguntando por mí, nadie me ha visto. Recuérdenlo”.
Dio un salto y se acomodó al lado de una escoba vieja que estaba en un rincón del improvisado bar, como intentando pasar por debajo. La voz delgada de un uniformado cachaco, de piel rosada, sacó del asombro a los tomadores de Rocha, quienes nunca habían visto a tantos policías juntos. Quizá por esa razón perdieron de vista al bailarín que llegó regalando trago y riéndose a diente partido.
Los policías entraron por todas las puertas del establecimiento e hicieron salir a todo el mundo. Luego, requisaron y vaciaron los bolsillos de quienes se encontraban en la cantina. Además preguntaban: ¿no habían visto a un hombre que se hace llamar “Pájaro Verde”? Es flaco, alto, moreno, usa sombrero de fieltro, viste de blanco y tiene puestos unos zapatos capriccio limpiecitos.
Todos contestaron en coro, como si se hubieran puesto de acuerdo: “no”. Uno de los policías, con voz melancólica, dijo que ese delincuente había burlado y robado a uno de los hombres más ricos de Arjona. Nada más ni nada menos que al doctor Matson, dueño de una estación de gasolina, un bus, una finca y varios negocios. Además, el hombre al que buscaban era muy peligroso, porque casi siempre usaba la brujería para protegerse.
Ante el asombro de los hombres de Rocha, el policía contó que una mañana decembrina, del año anterior, el doctor Matson recibió una carta que decía: “Hoy por la noche te robo”. Firmado: “Pájaro Verde”.
Todos los beodos de la cantina atendían lo que el agente decía. Sus palabras y gestos eran cada vez más teatrales. Siguió contando: “el doctor Matson extremó la seguridad en la bomba de gasolina y el negocio de lubricantes más prospero del pueblo. Puso a todos sus trabajadores a estar atentos e, incluso, hizo que otros se montaran en árboles para que no perdieran ningún detalle. La primera noche, después de la advertencia, no pasó nada en la bomba. Pero “Pájaro Verde” se había llevado un buen lote de ganado de la finca. Al día siguiente, apareció otro papel en el escritorio: “Anoche no te robé, pero hoy sí”. Lógicamente, el Dr. Matson no advirtió que se le habían llevado 10 novillas de su finca.
La vigilancia aumentó y así lo mantuvo varios días, hasta que sorprendió a los trabajadores dormidos en el negocio y les robó por la mañana. Ese día el doctor Matson se despertó sobresaltado. Había caído vencido por el sueño en su propio escritorio, y entonces pudo leer un papel que tenía frente a su cara: “Te robé”; firmado: “Pájaro Verde”.
El hombre entró en cólera e hizo dos disparos con la escopeta, pateó su escritorio y tumbó dos estantes de libros que hacían parte de su biblioteca personal, hasta que sus familiares lo amansaron. Pero el Dr. Matson seguía llorando. Entonces la Policía comenzó a buscar a “Pájaro Verde” por cielo y tierra.
Dijo el agente que relataba con conocimiento de causa que el primer asalto que se hizo a un banco en Colombia lo planeó “Pájaro Verde”; y ocurrió un día de marzo de 1942 en Barranquilla. “A él le dicen el ‘Robin Hood criollo’, porque el producido de los robos se lo regala a los pobres. Pero no deja de ser un bandido”.
El policía advirtió que algunos decían que tenía pacto con el diablo, porque se cuenta que entre sus habilidades estaba la de esconderse detrás de una escoba y nadie podía verlo. Al terminar de pronunciar la frase entró a la cantina y pateó la escoba que estaba en un rincón, como buscándolo. No halló nada y se marchó con sus compañeros. Al rato, los rocheros escucharon una risa estruendosa, cuyo eco los asustó. Unos se marcharon y los perniciosos que se quedaron exigieron música. Una vez sonó un danzón cubano, “Pájaro Verde” apareció, moviendo el cuerpo como un contorsionista y riendo, del interior del establecimiento. Algunos aplaudieron, otros se quedaron estupefactos, pero siguieron bebiendo con el recién aparecido personaje, que además regaló calzado y plata a los pobres que por allí pasaban.
A la media noche desapareció por la ciénaga, cuenta Orlando Vega Echenique, quien pudo distinguirlo cuando corría por encima de las aguas que reflejaban la luna llena. Él pudo colegir que ese hombre tenía poderes sobrenaturales.
II
Los misterios que escondía “Pájaro Verde” los conoció quien fuera su amigo del alma, el compositor Luis Magín Díaz García, quien a sus 93 años, recuerda las locuras que cometió con el intrépido personaje, al que le gustaban las mujeres, el baile y el ron.
Luis Magín, quien aún conserva una gracia innata para cantar, dice que las hazañas de Pájaro Verde se escuchan todavía de las voces de curtidos pescadores y campesinos de los pueblos localizados a la orilla del Canal del Dique, porque él decía que había nacido en Arenal.
“Pájaro Verde” era un hombre normal, cuenta Luis Magín, que no le temía a nada y le encantaba hacer trucos. Por esa razón mucha gente le tenía miedo.
Recuerda la vez que lo conoció hace como 60 años cuando llegó vendiendo sobrecamas a la casa del hombre más acomodado de Gamero. Luis Magín dice que era de noche y “Pájaro Verde” sacó de un bolso grande, varios sobrecamas, hamacas y sabanas. Se las compraron de una vez y, aunque parezca raro, tenían la plata en la mano, como si lo hubieran estado esperando. Esa plata se la repartió a los pobres para que comieran, porque en esos días los pescados se alejaron de las redes de los pescadores y el verano no permitió que las cosechas prosperaran.
La amistad comenzó minutos después cuando “Pájaro Verde” lo escuchó cantando “Rosa”, una de las canciones de Luis Magín que hiciera famosa la desaparecida cantante folclórica, Irene Martínez. “La canción que logró conmover al “bandido sin pistolas” más astuto de la zona. El personaje se quedó con el compositor tomando litros de licor y sellando una amistad que demoraría varios años, y que aún siente viva.
Esa noche Luis Magín pudo ver con cierto escepticismo como “Pájaro Verde” agarró un pedazo de periódico viejo y lo partió cuidadosamente en forma de billete y se lo dio a un pelao que estaba en la casa donde se realizaba la parranda amenizada por su portentosa voz y el golpe seco de un llamador (tambor). Le dio instrucciones precisas:
“Compra tres botellas de ‘Tornillo’ de las grandes y te devuelves corriendo. No recibas el vuelto”.
Al rato llegó el pelao con el encargo. Nadie dijo nada. A lo lejos se escuchó el retumbar de los tambores que salían de un picó que habían encendido en el extremo del pueblo. “Pájaro Verde” invitó a Luis Magín y a sus amigos al baile. Cuando iban llegando les avisaron que en otra casa estaban armando otro festejo. Pero él siguió caminando, pese a que sus amigos nuevos lo animaban a devolverse porque decían que en la otra fiesta había más muchachas. Él contestó secamente:
“El baile no comienza hasta que nosotros no volvamos”. Así fue, rememora Luis Magín. El motor que proporcionaba la energía no prendía y por más que intentaban, más se ahogaba. Después de visitar la otra fiesta por dos horas se devolvieron en la oscuridad y cuando llegaron “Pájaro Verde” le ordenó:
“Prende tú el motor”.
“Nada más fue halar la cabuya. Encendió de una y se inició la fiesta hasta las 6 de la mañana”, dijo Luis Magín.
Después de esa noche, “Pájaro Verde” se perdió. Lo volvieron a ver como a los seis meses en su mismo son, bebiendo trago y bailando.
“Le gustaba esconderse en Gamero y aquí lo apreciábamos porque no se metía con nadie. Por el contrario, ayudaba a la gente que lo necesitaba”, dijo el hombre.
A “Pájaro Verde” se le veía por las calles de Gamero, siempre caminando por los patios de las casas, recuerda Luis Magín, del difunto Aldo; de la residencia que hoy es de Luis Torres y por donde Agustín Meléndez. Allí se paraba en la puerta del corral de los animales. Muchas veces la policía llegó buscándolo y, por más que buscaban, no lo hallaban. Sin saber que lo tenían al frente.
III
Los ojos de Luis Magín se iluminan para seguir relatando que: era tanto el daño que había hecho “Pájaro Verde” a los ricos de la zona que la policía le puso precio a su cabeza.
Comenzaron a buscarlo por los pueblos del Dique, hasta que un domingo por la tarde lo encontraron y persiguieron desde Evitar. El hombre huyó por la ciénaga de Capote para llegar a Gamero, pero la música que salía de un aparato de sonido en Mahates lo obligó a detenerse y así fue como llegó a la cantina. Era una trampa.
El cabo Céspedes junto a su contingente de uniformados lo esperó dentro de la cantina. Por primera vez lo vio bailar, lo dejó conquistar a una puta blanca y alta que lo emborrachó. “Cuando ya no podía con su alma, entonces lo mataron, pero cansado. Eso fue una fiesta para las autoridades”, dice Luis Magín.
El día que lo mataron llovió copiosamente por varias horas, el cielo se oscureció y el motor que mantenía vivo al aparato de sonido dejó de funcionar.
“Un lamento se escuchaba cerquita y después una voz que repetía: Pájaro Verde sigue vivo. Yo aún escucho esa voz, cuando me acuerdo de él. Sobre todo cuando estoy en solo y se me viene a la mente Rosa, la canción que a él le encantaba”.
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